martes, 8 de julio de 2008

Ritual nocturno, relato breve.

¿Qué dormido dijo que la vida de día es más real? Acaso sea tan sueño como el que destilan las noches: los dos universos son apenas caprichos de nuestra mente.

Sólo los mamíferos -de los que darwinianamente formamos parte- tenemos el dudoso privilegio de soñar. Las aves y reptiles no tienen necesidad de esta doble vida, de este sueño que nos da un anticipo de la noche, hasta que todo es noche.

Es un carnaval de improvisados disfraces, pan y circo que distrae a nuestra mente de la lógica abrumadora de cada día. Pero no todos fuimos obsequiados con este don.

Espié el reloj: la hora recién se desperezaba. Apreté los ojos con fuerza, obligándome a dormir.

No había caso. Recordando el consejo que me había dado un amigo, empecé a contar. Noté, inquieto, que cada número que pronunciaba en voz baja iba al ritmo del tic-tac recurrente del reloj. Suplicante, miré otra vez la pared: las agujas parecían derretidas.

Imaginé ovejas saltando una cerca, pero con horror descubrí que en cada ojo tenían dos agujas crucificadas. Sus pupilas muertas eran relojes detenidos.

Recreé en mi mente la visita de unas tías, somníferos recubiertos de piel y huesos. No hacían más que hablarme del estirón que había pegado la hora, de qué grande estaban los minutos, y de los segundos que no paraban de crecer.

Para perder tiempo quise llamar a mi amigo, el del consejo. Mis dedos trasnochados sólo marcaban el 113, deleitándose al hacerme escuchar idéntica hora a la tatuada en mi retina.

Cada ruido jugaba a ser reloj. Mi respiración marcaba los segundos, la tos de mi vecino los minutos; los acompañantes de mi vecina, las horas.

En la negrura de mis ojos vi relojes de arena petrificada, péndulos de oscilación infinita, relojes cucú cuyos pájaros salían para cuquear siempre la misma hora (juro que en su mirada había un brillo de burla).

Cerré los ojos. Últimos minutos, babosas cuesta arriba. El tic, tac quedaba rezagado ante mis apresurados latidos.

Pispié de reojo el reloj y las agujas amontonadas señalaban las doce. Respiré lentamente, paladeando el funeral de todos los segundos pasados. Hasta que volví a mirar la pared para descubrir, con desazón, cómo un nuevo giro empezaba.

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