Hay un testigo constante que sabe todos los detalles de tu vida (varios que incluso vos mismo ignorás). Irremediablemente todos tenemos este confesor, oyente y protagonista silencioso de nuestros rituales más íntimos. Se trata del espejo, aquel que nos muestra una foto polaroid que ya se desvanece. Ante él ponemos caras y hacemos cosas que no nos atreveríamos a hacer siquiera delante de nuestros más preciados amigos.
Pero el espejo no se restringe al botiquín del baño, sino que es nómade. Los hay por todos lados: en un televisor apagado (fenómeno inusual), en esa panera plateada de la abuela, en un charco de lluvia reciente, en la mirada con que nos mira la persona que amamos, en esa vidriera que observamos con tanto supuesto interés que hace ilusionar al vendedor.
Ese objeto trivial que puebla las carteras de las mujeres (que no los bolsillos de los caballeros) es un pequeño milagro: sin ningún artilugio tecnológico, es capaz de reproducir fiel -e imperceptiblemente a la vista- la realidad. No por nada son aliados inseparables del mago: en su duplicación simétricamente perfecta, le presta -por ejemplo- un gemelo por un instante.
Sin embargo, hay quien le reprocha el que muestre implacablemente todo lo que se le cruza. No tiene el prurito de nuestros amigos o conocidos para omitir decirnos que un grano de dimensiones jupiterianas emergió en nuestra frente. Simplemente nos muestra lo que es, como un buen terapeuta que a veces hace de espejo; por esa misma razón son tan odiados los mimos, espejos vivientes (arte sutil y mágico). Los únicos que intencionalmente deforman son los de los parques de diversiones, esos que nos hacen más anchos y bajos (algunos juran tener instalado uno de ellos en sus dormitorios).
Pero por alguna razón la gente inventa supersticiones, como la de los siete años de mala suerte si se rompe (un gran amigo pegó con mucha gracia un espejo roto en la pared, y rompió el maleficio con esta improvisada obra de arte). Ahora bien, si lo rompe un gato negro ¿cómo se multiplicaría la desgracia? Quizá tendrá sus siete negras vidas de mala suerte. Por cierto, los gatos no se reconocen en el espejo: ven a otro gato. Tal vez, más lúcidos que nosotros, se dan cuenta de que esa planura no somos nosotros sino apenas una ilusión de los sentidos. Ya oigo el ronroneo del gato de Cheshire cuya sonrisa lentamente se desvanece, burlándose del espejo.
Dalí tuvo la visión de experimentar con imágenes dobles y espejos. Dispuso un tubo espejado que alarga las figuras y, de esa forma, una mosca horizontal se transforma, en la verticalidad del espejo, en un jinete a caballo. Creo que supera en mucho a sus imágenes dobles pintadas (muchas veces forzadas y triviales) ya que constituye una poderosa metáfora acerca de cómo el mismo elemento que en ocasiones puede ser fidedigno y copiar con precisión la realidad, en otras puede distorsionarla y hasta cambiar su esencia.
Nunca olvido esos espejos enfrentados que generan infinitas reproducciones, como los que están montados en las puertas de los placares: uno refleja el reflejo del otro que ya es reflejo. Un big-bang en constante expansión en el que siempre intentaba adivinar el reflejo original, el Creador, sabiendo que era imposible.
Siempre me inquietó la palabra con la que los ingleses llamaban a los espejos: “looking-glass”. Como muchas palabras de ese sabio idioma -denostado por quienes ignoran su secreta complejidad- denota ese brillo en los ojos con el que nos mira el espejo. Es que esos ojos, si bien somos nosotros, también es Otro. Como esos cuadros antiguos en los que el retratado nos sigue a todos lados con la mirada. Es probable que quien creó la cámara Gesell (que sirve para observar pacientes llamados Alicia – o no- a través del espejo) se inspiró en ese verbo continuo en el que el vidrio cobra vida y nos mira atento y fijamente.
Unos músicos de vanguardia alemanes hablaban en los setenta de un “Hall of mirrors”, en el que un hombre joven mira su reflejo, como un neo-Narciso. A veces ve su cara real, y a veces a un extraño en su lugar. Citan -sin haberlos leído- unos treinta o cuarenta poemas de Borges (todos leves variaciones, espejos lingüísticos de un mismo poema).
Levanto la vista y veo mi propio reflejo en el vidrio de la ventana. Pero si miro más allá, veo los edificios de mi manzana. Quizá la primera mirada nos devuelve la imagen de nosotros mismos, pero si la profundizamos podemos llegar a intuir la realidad que nos trasciende, inasible a los espejos.
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