viernes, 11 de julio de 2008

El eco de las cosas

Quizá la sombra fue el primer espejo que tuvimos, cuando nuestras manos aún portaban garrotes inalámbricos. En esa silueta es posible que nuestros antepasados hayan adivinado sus primeros rasgos auténticamente humanos. Incluso fue nuestro primer instrumento astronómico (¿no fue acaso un griego el primero en medir con precisión la circunferencia de la tierra utilizando -a modo de regla- una modesta sombra?)

Peter Pan -o Pedro Bread-, ese chico que nunca crece soñado por una imaginación igualmente imperecedera, tenía una sombra que se independizaba, haciendo caso omiso a sus órdenes. Recrea antigua literatura en la que las sombras eran el espíritu de la persona, lo intangible de su ser, que por momentos podía escindirse y darse a la fuga. Luego debían buscar, inevitablemente, otro huésped: podían cambiar de dueño, no su destino.

Las sombras chinescas, fabricadas por un par de manos convenientemente dispuestas, se acercan más a los arquetipos platónicos que los ejemplares vivitos y coleando. Y la tinta china (¿hay algo que no hayan inventado los chinos, a excepción de la birome?) son almas atrapadas como genios en la botella que, al abrir el frasco, emergen en forma de dibujos infantiles.

Los poetas le hacen odas, mencionándola en previsibles metáforas de muerte. A mí, en cambio, me molestan: tapan lo que estoy leyendo o escribiendo (aclaro que soy zurdo), cualquier distraído me la pisotea con impunidad, y la ando arrastrando como un perrito faldero todo el día. Por eso amo las noches, cuando todo es sombra: ya nadie me persigue, ya no hay un pedazo de mí con el que el sol pueda jugar a estirarlo y encogerlo a su antojo.

De chico me gustaba la magia, y de hecho fui Merlín por unos años. Me causaba curiosidad la palabra asombrar, que en una accesible etimología se entiende como “sin sombra” o -mejor aún- “salir de las sombras”. Habla de aquello (un truco de magia trivial, un milagro, lo mismo da) que nos hace salir por un momento de nuestra pesada sombra. En la rutina diaria enciende un fogonazo, siquiera fugaz, de lo incognoscible del universo. Un puñado de su materia prima soñando, escribiendo, reflexionando sobre sí misma y su sombra.

Sin embargo post-platónicos, siempre volvemos a la caverna, nos encadenamos por propia voluntad para no enceguecernos con esos incómodos destellos. Las sombras de las cosas y personas son más fáciles de manejar que las cosas y personas. El mundo se pliega, haciéndose un dócil origami.

Lo virtual es apenas una sombra que juega a ser realidad. Como si esas sombras prófugas de repente se creyeran las cosas que proyectan. La neo-caverna se nos abre como un pasaporte a un nuevo mundo, alejándonos del real. Las palabras se van marchitando de que nadie las escriba, las nombre, siquiera las piense. Todo es imagen, que según algunos vale mil palabras (siempre y cuando esas mil palabras hayan sido escritas por un analfabeto manco de las dos manos). Olvidando las palabras, las cosas dejarán de ser. Deshonraremos a Adán, que trabajosamente acuñó cada objeto de la Tierra, sombra del paraíso. Olvidaremos que alguna vez había un conjunto de símbolos que significaban árbol. Será eso marrón con hojas verdes que se bambolea por el viento. Hasta que perdamos los colores, las acciones y la naturaleza, y quedemos reducidos a mirar lánguidamente, ajenos a toda reflexión, algo que se mueve. Si a eso le ponemos un marco, habremos inventado algo: el televisor.

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