miércoles, 21 de mayo de 2008

Emprender o depender, una elección

“Estoy sin trabajo, comprame”, reza el cartel que acompaña la tijera que me acaban de dejar en el regazo. Hay plaga de vendedores ambulantes. No tengo nada en contra de ellos: de hecho, están desde la fundación de nuestro país (¿qué son si no las negras que vendían empanadas en la revolución de mayo?). Sin embargo, me pareció curioso el argumento: “no tengo trabajo”. Tenemos tan imbuida la relación de dependencia como forma de trabajo, que no concebimos que otro tipo de actividad también pueda serlo. “Changas”, “rebuscársela”, “curro”, son algunas de las maneras en las que las llamamos. El tema es que si nuestro ingreso proviene de ellas, es un trabajo con todas las letras. “Esfuerzo humano aplicado a la producción de la riqueza” es la abarcativa definición que nos da la Real Academia Española. Si no, se crearía la paradoja de este “desempleado” que gana $1.500 al mes vendiendo tijeras, frente a un correcto empleado administrativo que apenas alcanza los $1.000. A nivel de marketing el cartel de nuestro amigo es efectivo y creo que poca gente refutaría su afirmación. Lo que sospecho es que él mismo se cree desempleado: su dignidad, su estima, su valía como persona son afectadas por esa manera de ver las cosas. Y no es así ya que, por más que no cuadre en el perfil del trabajador modelo que nos inculcaron de chicos (trabajo a sueldo), está creando su propio trabajo, su propia fuente de ingresos. ¿Por qué alguien que gastó mucho dinero es un emprendedor y él, que invirtió sus ahorros en esas tijeras, que con trabajosa dificultad redactó un cartelito que potencia sus ventas, que analizó en qué momento y dónde era más propicio venderlas, no lo es? O acaso también podría considerarse perfectamente un colaborador free-lance de quien maneja el negocio de las tijeras. Es la actitud ante la necesidad de generar ingresos lo que define a alguien. Hay quien tiene alma de empleado, y su mayor bien es un trabajo estable con un sueldo decente. Depende de la buena voluntad de una sola persona, su jefe. En cambio hay otros con espíritu emprendedor: quieren forjar ellos mismos su camino, ellos se dan los ascensos, ellos se ponen los incentivos, y ellos son los beneficiarios totales de sus ganancias (o de –hay que decirlo- sus pérdidas). Ninguna de las dos opciones es mejor a priori. De animarse a conocernos y elegir cuál va mejor con nuestra personalidad dependerá gran parte de nuestra satisfacción personal.